domingo, 2 de marzo de 2008

Florencia Peña, en la Isla de Caras

Aprendió que desde la seguridad del muelle, no siempre se vislumbran tierras lejanas. Es por eso que hace un tiempo, Florencia Peña (33) decidió aventurarse mar adentro para así descubrir su propio paraíso. Y en esa búsqueda incesante conoció los placeres que conlleva el éxito, aunque también el dolor que produce el fracaso. En esa batalla naval que suele proponer la vida, en la que el azar y la voluntad se disputan el comando del barco, la actriz muchas veces navegó contra la corriente para elegir a su gusto el puerto de llegada. Sin embargo, como buena conocedora de mares ajetreados descubrió que era la luna la dueña de las mareas y que, a veces, por más esfuerzo que haga, el deseo de las aguas es el que decreta el destino final del marinero.
Sin perder la ilusión de redescubrirse a sí misma, Florencia llegó a la Isla de CARAS para tomar distancia de la cotidianeidad y evaluar lo recorrido, para sentir el presente y desafiar el futuro. Junto a ella llegó su guía más fiel, su pequeño hijo, Tomás (4), otro aventurero, poseedor de la brújula que sienta las bases para diseñar la ruta a seguir y ajustar, mediante dosis precisas, el equilibrio entre la mujer y la madre.
—¿Es sensible?
—Soy hipersensible, y el humor me ayuda a contrarrestar esa característica de mi personalidad. Me emociono muy fácilmente y, también, lloro mucho. Hay cosas que me sensibilizan, me sorprenden y emocionan, como mi hijo, escuchar la música que hace mi marido o ir a Córdoba para ver a mis padres, que están viviendo allá, y también mi hermana con su embarazo. Pero al mismo tiempo hay otras cosas que me enojan. Y, en general, soy una persona muy transparente: Se me nota todo. Y eso, a la vez, es bueno y malo. Me resulta difícil ocultar algo cuando me molesta.
—Dos caras de una misma moneda.
—Porque soy los opuestos, los extremos. No tengo términos medios. O estoy súper contenta y divertida o me voy al otro extremo; es decir, estoy aburrida o enojada. Tengo un ascendente en Géminis que le da bastante dualidad a mi Escorpio.
—¿Uno nunca sabe con cuál Florencia va a encontrarse?
—No, aunque tampoco llega a ser un trastorno bipolar (risas). Simplemente soy una persona que vive, con todo lo que eso significa. También me gustan las emociones fuertes.
—¿Cuáles vivió en este último año?
—La obra de teatro Sweet Charity fue una emoción fuerte en mi vida y en mi carrera. Fue un punto en el que yo volví a creer en mí. Nuestra profesión es muy complicada y, a veces, una se va del objetivo. Cuando el rumbo se va hacia el lado del rating o no rating, del éxito o no éxito, una empieza a perderse en pensamientos que no ayudan e inseguridades que no tienen que ver con la elección primaria.
—Parece estar siempre atenta a no desviarse del camino.
—Uno necesita todo el tiempo reconfirmar eso. Estoy permanentemente en la búsqueda y cada vez tomo mayores riesgos, porque necesito salir de la comodidad. Y Charity vino a ayudarme. Porque a veces en el trajín de esta carrera te perdés de disfrutar y te encontrás aturdida o insegura. Decís: “Soy un fracaso, la gente no me ve, bajó el rating”. Eso nada tiene que ver con el arte. Esta obra me puso en un lugar tan hermoso conmigo misma como actriz que hubo una explosión, y Charity resultó ser lo más grande que me pasó en la vida.
—¿Esperaba el éxito?
—Esperaba que la vuelta fuera grande, porque el sacrificio había sido enorme. Pero, también, hace muchos años que trabajo y no me pierde un fracaso, como tampoco un éxito. No me hago cargo de ese tipo de parámetros. A veces las cosas no se dan, aunque, aun así, la experiencia nos hace aprender. Creo que soy quien soy porque fracasé mucho. En el fracaso una modifica cosas; el éxito tiñe todo de un mismo color y te lleva a no replantearte nada. En cambio, el fracaso te sirve para modificar y corregir.
—El fracaso de “Hechizada” ¿fue un aprendizaje?
—No resultó lo que esperábamos y estuvo bueno que así pasara. Al principio me dolió, pero después dije: “¡No, está bueno!”. Es muy difícil estar en la cresta de la ola todo el tiempo. El éxito te marea mucho y, de vez en cuando, viene bien tocar tierra. Está bueno volver a la playa. Yo venía de muchos éxitos, “La niñera”, “Casados con hijos”, y estaba haciendo “Sweet Charity”, donde me estaba yendo genial. Y, de repente, aparece “Hechizada”, me va mal y recibí la crítica de todos.
—¿Vivió ese momento con mucha angustia?
—Al principio sí, aunque después pude transformar la lectura y entender que estaba bueno, que no soy infalible. Creo que lo más importante que vino a mostrarme fue que no tengo que cambiar el final de la historia.
—¿Cómo es eso?
—No tengo que modificarme para que la gente me quiera. Porque eso es especulativo, y no tiene que ver con el arte. Esta soy yo, y eso es lo que tengo para dar. Ojalá les encante, porque no voy a cambiar para agradarles. Tengo la sensación de que cuando una quiere agradar hay especulación, y en la especulación el artista se corta. Cuando una es apasionada haciendo lo que hace, al afuera le llega eso con una potencia que ni siquiera puede manejar. No sé cómo se me ve desde afuera, pero tampoco me interesa saberlo. Yo soy esta y cuando aprendí a mostrarlo y a ser feliz con lo que tenía para dar, me empezó a ir mucho mejor. Esto se dio hace relativamente poco tiempo. Si bien tengo 25 años de carrera, recién hace cuatro o cinco que puedo fluir y decir: “Esta soy yo”.
—¿Qué balance hace de 2007?
—Desde hace ya algunos años mis balances son muy positivos. Aun teniendo esas épocas donde pareciera que las cosas no salen del todo bien o como las esperaba, todo es puro crecimiento para mí. En las crisis es donde encuentro el aprendizaje. Y creo que empecé a entender que también se aprende del error. Aunque en algunas situaciones haya sufrido, siempre siento que el saldo es a favor.
—¿El error se transformó en un gran maestro?
—Creo que equivocarse forma parte de vivir y crecer. Porque para que exista la paz tiene que existir el caos, y para que exista el orden, el desorden. Si estás todo el tiempo instalado en una situación estable es muy difícil ver más allá de eso. Los estados de eterno equilibrio me atemorizan.
—¿El equilibrio le da miedo?
—No porque siempre esté a la espera del latigazo, sino que se trata de estar atenta para vislumbrar dónde pueden estar surgiendo los focos de tormenta, dentro de la calma.
—¿Y cómo convive ese escepticismo con su buen humor habitual?
—El humor es una manera inteligente de metabolizar el drama y convertir la tragedia. Entonces, concibo mi vida con humor, más allá de que viva de él. El humor me salvó en muchas situaciones; lo comparto con mis amigos, mi marido y mi hijo. Me parece que la alegría y el humor son ingredientes fundamentales.
—¿El humor es como una receta familiar?
—Totalmente. Y por más que se me vea muy alegre, tuve que superar muchas tragedias cotidianas y no tan cotidianas.
—¿A qué tragedias se refiere?
—Lo que quiero decir es que mi vida no es color de rosa. Quizás a las personas públicas se nos idealiza desde afuera, y se cree que nuestra vida es de una manera. El glamour y la fama nos convierte en personas virtuales. Y no hay nada más alejado de mí que eso.
—¿Está siempre en busca de la normalidad?
—Intento tener una vida muy cercana a la normalidad, aunque nunca lo logre totalmente. Es que el hecho de ser pública me hace estar todo el tiempo en la mirada de todos, y, a veces, eso me da un poco de fobia.
—¿Siente que la fama le quita libertad?
—Es que no quiero dejar de vivir nada. No quiero perderme de llevar a mi hijo a la calesita. Quizás hay lugares a los que no voy si siento que voy a estar de malhumor y me va a molestar que me invada la gente. Si lo hago sé que esas son las reglas del juego. Con mi marido siempre nos planteamos que nuestra vida sea independiente de la profesión. Siento que como artista una vende humo de color; pero el que haya elegido ser actriz y, por consiguiente, sea famosa, no me impide poner los pies sobre la tierra.
—¿No permite que el humo de color de la fama le nuble la visión?
—En ningún momento. No me creo distinta a quien eligió ser dentista. Simplemente hacemos cosas que ve mucha gente. Además, divertimos, hacemos llorar y llevamos un mensaje. La gente nos idealiza, pero nosotros tenemos que estar en eje para entender que todo eso no nos pertenece. Todo el tiempo intento encontrarme con Florencia, pero no con la Florencia Peña que todo el mundo quiere conocer o la que admira para bien o para mal, porque hay gente que no te quiere, y está bien que así sea.
—¿Cree que hay gente que no la quiere?
—No. Mi percepción es de que sí me quieren. Pero eso tiene que ver con que yo soy bastante yo. Trato de no tener mucho maquillaje delante de mi personalidad. No es algo que me lo proponga, sino que me sale naturalmente. Soy bastante relajada y por más que pueda ser chistosa o tomarme la vida con gracia, me gusta la trasparencia, que se me vea el alma. La pregunta que más se repite con respecto a mí es: “¿Y ella es tal cual se la ve en la tele?”. La gente tiene una necesidad de creer que yo soy así.
—Y por cierto, ¿es como se la ve en la televisión?
—Yo soy así y no soy así. Soy así cuando estoy bien, aunque tengo momentos de ira, odio y frustración.
—¿Siente que hay una maduración que tiene que ver con el crecimiento de su hijo?
—“Toto” me ayudó mucho a no perder el eje, a concentrarme en lo importante y reacomodar las piezas. Para él yo soy Florencia, su mamá. No es importante lo que yo haga para el afuera. A él sólo le interesa que yo lo quiera, que esté con él y lo haga sentir amado y seguro. Y eso es hermoso, me hace estar todo el tiempo conectada conmigo misma: Con la Florencia que a veces tiene ganas o no, la que es mamá, y hasta la que a veces quiere matarlo, y al instante se emociona. También me ayudó a darme cuenta de que para hacer humor tengo que conservar el niño que llevo dentro y sacarlo a jugar.
—¿Tomás refrescó ese humor innato?
—Tommy me ayuda a entender por qué nos vamos corriendo de esa inocencia y nos ponemos mentales. También, por momentos, es importante no pensar en el afuera y olvidarse de qué es lo que se está esperando de una. Porque los actores tenemos eso: Trabajamos para que nos miren. La mirada del otro es muy importante para nosotros, pero a veces resulta devastadora y nos destruye.
—¿Su marido lo vive igual que usted?
—A Mariano —Otero (31)— le pasa lo mismo con el jazz. Es una música que, a priori, no vende discos, que no es popular. Y, sin embargo, él hace lo que le gusta y expone su arte. Es genial y muy importante lo que le pasó. Porque desde el jazz contemporáneo, que es súper difícil y estructurado, logró llegar a mucha gente que antes no escuchaba ese tipo de música. Y simplemente por permanecer fiel a sí mismo. Nunca transó porque es eso lo que le gusta hacer. Lo mejor que tiene Mariano es que es muy noble con su elección. Yo aprendo mucho de él.
—¿Qué papel juega su hijo en la relación de pareja?
—De adrenalina hermosa. Es hermoso tener hijos. Y Toto nos enseñó mucho a los dos, nos fortaleció y nos unió. Es nuestro y es fruto de nuestro amor. Me parece un replan estar en mi casa con mi hijo y mi marido. Con Mariano vamos a cumplir seis años juntos, y lo extraño muchísimo cuando no estoy con él.
—¿Cómo se reparte entre su papel de madre y de mujer?
—Puedo repartirme entre ambos papeles. Con mi marido nos buscamos tiempo para estar solos y vernos en la intimidad, y también para ser padres y llevar a Toto de viaje o a tomar un helado. Soy muy feliz con la vida que tengo. Creo que lo que más felicidad me da es que puedo ponerle acción a mis deseos. Deseé ser actriz, accioné y lo conseguí.
—¿Y en qué punto comparte esa satisfacción con su marido?
—Vivimos una gran conexión. Es que nosotros estamos unidos justamente porque él es quien es y no necesita de mí para serlo y, al mismo tiempo, yo no necesito de él para ser. Mariano y yo nos encontramos porque ambos sabemos lo que queremos en la vida. Nos necesitamos en el mejor sentido, porque nos amamos sin necesidad de que el otro sea el bastón, sino el empuje. Me siento muy feliz con quien soy y por todo lo que quiero seguir recorriendo. Quiero encontrar nuevos caminos y maneras de crecer.
—¿Piensa en dar una hermanita a Tomás?
—Sí, sí, sí. Para el año que viene quiero una niña. Sí, el año que viene voy a tener una. Me imagino una muñeca de rulos con polenta, como yo. Mi marido también quiere una nena. Los niños tienen una relación muy especial con las mamás, como las nenas con sus papás. No creo que tenga más de dos hijos. Quiero tener el tiempo y la energía que se merecen y hasta dos, llego. No soy “Susanita”. No quiero frustrarme para criar hijos, me parece que no les haría bien a ellos tampoco. Ocurre que tengo que hacer una película y hasta que no la filme no puedo quedar embarazada. Es una coproducción argentino-española que filmaré en mayo del año que viene. Es un tema que vengo postergando desde hace mucho tiempo.
—¿La película o el embarazo?
—(Risas). La película y el embarazo, por la película. Supongo que después de la filmación tendré un nuevo hijo. Y espero que la búsqueda no nos lleve tanto tiempo. Ya empecé con las grabaciones de “Una de dos”, una sitcom de Telefe, con guión original de Diego Alarcón —quien ya había adaptado “La niñera”, “Casados con hijos” y “Hechizada”—. Ahí trabajo por primera vez con Luis Luque y Fabián Vena, con quienes se dio una química genial desde el primer momento. Será un producto de gran nivel.
—¿Cómo se prepara para vivir Fin de Año?
—Para mí es un momento especial en el sentido que obligadamente hay que festejar. Durante muchos años me he ido de viaje en esa fecha y la pasé en algunos lugares del mundo. Pero desde hace unos años empezamos a tener una familia más grande, mi hermana ya tuvo su hijo y yo el mío. La familia de Mariano, como la de mi cuñado, es hermosa . Y empezamos a sumar gente, aunque siempre extrañamos a los que ya no están.
—¿Hay momentos en que las ausencias se hacen presentes?
—Se sienten mucho las ausencias en estas Fiestas. Cuando empecé a gestar mi familia volvimos a creer de nuevo en esa magia, a juntarnos todos y a pensar dónde lo hacemos.
—¿Le gusta hacerse cargo de organizar estas celebraciones?
—Soy la organizadora de la familia. Por ejemplo, el año pasado lo pasamos en Cariló, el anterior en una quinta y el otro en Mar del Plata. Siempre nos vamos mudando, como los Campanelli. Todos juntos, porque nos queremos mucho. Me encanta estar en familia.
—¿Hace vida de hogar?
—Soy muy casera, aunque parezca una pólvora que sólo quiere salir. Hoy para mí la diversión pasa por estar en casa, por ver una película o una serie con mi marido. Me encanta escuchar música, leer, soy cero Internet. Mis actividades son estar con Mariano e invitar amigos.
—¿Y para este Fin de Año con qué va a sorprender?
—Voy a inaugurar mi casa. Después de cuatro meses de convivencia con obreros, en la última semana todos nos pusimos las pilas y llegamos al fin de la obra.
—¿Siente que la mudanza tiene que ver con un crecimiento personal?
—Moverse es sinónimo de crecimiento. Además, esa es una casa que sentimos que va a ser nuestro lugar por muchísimos años. Yo no aguanto en una casa más de dos años. Ya llevo siete casas desde que me mudé por primera vez, a los 19. Y esta, si no es la definitiva le pega en el palo.
—¿Por qué lo siente así?
—Lo sentí así cuando la compré. Cuando entré dije que esa sería mi casa por muchos años. Es hermosa. La arreglamos y la dejamos a nuestro gusto
—¿Qué ilusiones tiene con respecto al nuevo año?
—Me gustaría que fuera un año de aprendizaje como los anteriores y, también, un año en el que pueda encontrar nuevos riesgos. Me encantan los desafíos. Y cuando una va subiendo el techo y haciendo cosas que permiten crecer es muy difícil asumir nuevos y mayores desafíos.
—Es como si quisiera abandonar la seguridad del puerto para cruzar un mar convulsionado.
—Totalmente. En mi vida, la adrenalina juega siempre a favor. Creo absolutamente en los desafíos y, como ya expliqué, estoy en contra de la comodidad. No sé si voy a morirme mañana, pero quisiera sentir que me tomé la vida en serio, que por lo menos hasta este momento hice todo lo que necesitaba y tenía ganas de hacer. Eso es lo que me hace sentir completa y feliz. Cuando hago el balance, me digo: “Volviste a jugar, volviste a arriesgar, y eso habla bien de vos, Florencia”. No importa cuál haya sido el resultado porque esa no es la medida. Por eso creo que soy quien soy por todo el camino transitado, no por mi punto de llegada sino por mi punto de partida

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